La verdad mossèn es que no estoy muy seguro de haberle captado del todo esta idea. ¡No deja de sorprenderme! ¿Si primero habíamos dicho que era la adecuación del intelecto a la realidad, cómo se puede dar este conocimiento si solo nos ceñimos a nuestro ser personal o a los demás seres personales?

Marcos Emmanuel Pujol

Oh Emmanuel, proseguimos con la cuestión de la verdad. ¿Quid est veritas? Afirmé antes que la verdad era dialógica. Ahora voy a plantearte dos subcuestiones dentro de la cuestión.

Una primera: ¿cuál es el verdadero protagonista de la verdad? Lógicamente, el sujeto cognoscente. El hombre que conoce posee aquella chispa para conocer la verdad, sea cuál sea. Efectivamente, “no hay verdad” sin un intelecto que la pueda pensar. Por esto, toda verdad remite a un intelecto “agente”, en el sentido de que debe existir un sujeto que la pueda “inteligir”. ¿Y no somos muchos sujetos, muchos cognoscentes, muchos seres inquietos por la verdad, que erramos y volvemos y apretujamos nuestras neuronas? Entre unos y otros, escuchándonos y ayudándonos, la civilización humana va profundizando y avanzando en el conocimiento de la verdad, de modo dialógico. La luz del otro me ayuda en mi “adecuación a la realidad”. Porque esta flexión hacia la realidad es lenta y costosa. Exigen “cooperación internacional” o “diálogo interhumano”. Las claves de interpretación de la realidad se suceden de filósofo a filósofo, de escuela a escuela, de generación a generación.

Y una segunda pregunta: ¿cuál es la realidad más interesante, más rica y más profunda por conocer? A mí mismo! Al propio hombre que posee aquella chispa para poder conocer la verdad! En realidad, la verdadera realidad por adecuarnos es la verdad del mismo hombre. De nuevo, el oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. O aquella exhortación de Nietzsche: -Llega a ser el que eres (Así habló Zaratustra, La ofrenda de la miel). El yo, el misterio de la subjetividad, el alma cognoscente! Este viaje interior es el verdadero viaje del conocimiento y la verdad más propia en el sentido estricto. La verdad de Australia puede resultar muy interesante, pero “nada” en comparación con la verdad del yo. La cosmología queda corta ante la antropología. Únicamente la verdad del yo puede salvarme de mis encanterios y desánimos existenciales. Por esto decía, que la pregunta de Pilato ante Jesús por la verdad, es el paradigma de la verdad. Me pregunto por mí mismo, me pregunto por este hombre que está a mi lado y que me interpela. Y el otro pregunta por mí, y de alguna manera me exige una respuesta. Cuando estoy ante el otro, me hallo ante la gran cuestión de la verdad del hombre. Juntos nos preocupamos por alcanzar y acceder a la verdad de la persona humana. Yo no soy un ser desvinculado del otro. Siempre hay alguien que me conoce y me ama. Y desde su conocimiento y amor, puedo verdaderamente conocerme y amarme a mi mismo. Pilato se sintió mirado por Cristo. Experimentó una especie de ánimo por conocerse, o del optimismo de que una verdad sobre el hombre es posible. Sus complicaciones mentales le impidieron la conquista. ¡Cuántas veces el otro me rescata de mis zozobras, de mis engaños, de mi pesimismo para conmigo mismo! Sí, la mirada luminosa de quien me ama, me rescata con frecuencia de mis oscuridades. Es importante permanecer junto a los que nos quieren de verdad. Es aquello que le dice la pequeña y desmemoriada Dory a Marlyn en Buscando a Nemo… “No te apartes de mí, porque tú me recuerdas quién soy”. Sí, Emmanuel, por esto he afirmado que la verdad es dialógica. No puedo conocer en una radical soledad, sin el amor, sin la amistad, sin el otro; sin recibir, sin aprender, sin escuchar. El conocimiento del hombre se forja radicalmente en el diálogo. ¿Un poquito más claro, quizás, Emmanuel? Por esto, nuestro diálogo filosófico (con nuestros buenos compañeros de diálogo!) tiene más sentido que nunca!

Ignasi Fuster

Advertisement