Estamos rozando los límites de la filosofía natural: descubrimos una potencia (la voluntad) afectada de tal modo que no puede realizar por sí misma su acto (el bien). Nos abrimos a la fe, y aceptamos que tras esta limitación adviene el auxilio de la gracia. Pero entonces, si la voluntad no puede moverse por sí misma ¿es posible la libertad?

Marcos Emmanuel Pujol

Querido Emmanuel: ¿es posible la libertad? ¿Soy libre de verdad? ¿O soy marioneta de los sucesos, de los acontecimientos, de lo que se me presenta como bello o apetecible? La filosofía se ha planteado esta cuestión muchas veces. Yo, personalmente, afirmo la existencia de la libertad. Somos libres de elegir el bien, la mediocridad o el mal. Yo me autodetermino -por mí mismo-. Y claro que hay una belleza que me atrae, una persona que me resulta agradable, un ideal que me conmueve. Pero yo elijo por mí mismo tal belleza, tal persona o tal ideal. También experimento mi límite. No siempre y en todo me conduzco a mí mismo según el bien. Fuerzas ajenas e internas me influyen y coaccionan. Con frecuencia sucumbo a mis engaños, mis enredos, mis tristes intereses, mis tácticas mezquinas, o a la fuerza de una pasión que me vuelve loco. Mi libertad no es siempre tan libre como quisiera. Quizás el problema de la libertad no sea tanto la ayuda ajena -a modo de gracia- sino el mismo decaimiento de la libertad fácilmente influenciable por falsos poderes que pretenden arrebatárnosla. Pero esto no niega la libertad, sino que todavía afirma mayormente su desafío. Necesita de mayor heroicidad para conseguir sus objetivos! Ciertamente puedo ser esclavo, pero también puedo afrontar las seducciones y plantar cara con mi libertad. ¿Qué decir del que ha perdido las extremidades pero consigue esquiar con piernas ortopédicas? ¿O del que ha perdido las manos pero alcanza pintar con los pies? Es la superación de la libertad ante el límite. Aquí puede entrar el factor insólito de la gracia divina. Si la libertad fuera una potencia cerrada en sí misma, entonces la gracia la invadiría y la desnaturalizaría. Pero debemos profundizar en la naturaleza de la libertad o voluntad libre. Y hoy quisiera afirmar que la libertad no es una absoluta clausura, sino que en sí misma es una potencia abierta, como es abierto el amor (abierta a Dios, a las personas y a las más diversas realidades). Los griegos definían la libertad como eleutheria (apertura). Efectivamente, la libertad es la capacidad del hombre de abrirse al bien por sí mismo. Entonces, cabe una fuerza divina que sin contradecir su naturaleza amorosa, la impulse fuertemente hacia la claridad del bien. Del mismo modo que cuando alguien me ama me ayuda a amar más y mejor. Ya lo decía santo Tomás, si Dios es el origen de la voluntad, Él puede reforzarla sin forzarla, manteniendo su fuerza propia. Imagina una persona tartamuda que tiene problemas para hablar en público. Un logopeda consigue que se sobreponga a su defecto. Al final, toma el micrófono y consigue pronunciar un discurso. Se trata de un acto libre del tartamudo, aunque ponga en práctica la eficacia de los consejos de su logopeda. En conclusión, si concebimos al ser humano como un ser cerrado, todo lo ajeno molesta. En cambio, si defendemos que el ser humano es un ser estructuralmente abierto, lo ajeno puede ayudar al crecimiento humano sin anularlo. Bueno, Emmanuel, algo es algo. Deberíamos profundizar más en el carácter abierto del ser humano… de lo cual ya hay testimonios en su misma vida biológica.

Ignasi Fuster

SINTESIS

1- Pese a los múltiples condicionamientos internos y externos, el hombre tiene libertad. Pero la gracia no condiciona la libertad sino que la hace verdaderamente posible. Creo que los condicionamientos que obstaculizan el pleno ejercicio de la libertad se deben al pecado del que nos libera la gracia (esto no lo ha dicho expresamente usted, pero así le entiendo mejor).

2- Si identificamos el pecado como el mal y la gracia como el bien, vemos en lo primero aquello que nos priva de la libertad, y en lo segundo lo que la realiza. Precisamente, por ser la libertad una potencia abierta no se desnaturaliza con el influjo de la gracia. La gracia no elimina la libertad sino que la presupone, la sana y la eleva. Así, Dios, cuando actúa en nosotros, no nos violenta como lo hace el diablo; más bien nos potencia en el ser.

3- Si admitimos esta manera de actuar de la gracia divina en nosotros, ¿no tendremos que admitir que a nuestra libertad se le abre un horizonte nuevo más allá de su naturaleza? Partimos del deseo natural para analizar al hombre, pero me parece que ahora nos encontramos en otro tipo de deseo ¿tal vez un deseo sobrenatural?

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