Mn. Ignasi, respondía en la entrada anterior que la conciencia y la voluntad interactuaban, pero que el acto propio de la conciencia es juzgar sobre la moralidad de los actos, en este sentido dijimos que no es libre, aunque presupone la libertad en el actuar. En el punto 3 de la síntesis expreso una duda acerca de la libertad en el acto malo, una contradicción en los términos, o el acto malo no es libre, o la libertad no es buena. La pregunta es la siguiente: ¿Qué criterio sigue la conciencia para juzgar los actos, y que consecuencia tienen estos juicios en la libertad? ¿Si la conciencia se equivoca, cómo afecta en la libertad? ¿Puede conciliarse el acto malo con la libertad? En realidad son tres preguntas, la tercera va aparte (creo que me la debe), pero las dos primeras se reducen a esta: ¿Cómo interactúa la conciencia con la libertad?
Marcos Emmanuel Pujol
Emmanuel, recibo una nueva pregunta: ¿Como interactúan conciencia y libertad? Digo interactúan, porque la actuación es recíproca. La conciencia no es una acción teórica de despacho que después se lleva a la práctica a través de la libertad. Theoria y praxis interactúan, beben la una de la otra, se reclaman en la existencia. Dicho de otro modo: el hombre santo, que ha luchado por conquistar el bien a lo largo de su vida, tiene una conciencia más densa y más ágil para la realización concreta del bien y para la dilucidación de casos complejos. Aciertan en el juicio de la conciencia, porque la libertad está acostumbrada a bregar con el bien. Por esto, los mejores consejeros morales son los santos. Ellos tienen “el don de consejo”. Algunos moralistas han insistido en comprender que es en el ejercicio de la libertad en el que se activa la función de la conciencia. Con esto Emmanuel quiere decir que la cuestión es global, compleja, y todo está interrelacionado. Pero precisemos filosóficamente: la conciencia juzga y la libertad elige. Son dos actos distinos. La conciencia emite un juicio delicado sobre la bondad o maldad moral de un acto (en sí mismo, para mí mismo, en sus circunstancias). “Valora” (axiología) el objeto moral del acto concreto e histórico de una persona. El Cardenal Ratzinger, en una famosa conferencia sobre la conciencia, decía que la conciencia es anamnesis -al estilo platónico y agustiniano- (memoria) de los orígenes. El juicio de una acción se realiza de acuerdo con la verdad de mi propia naturaleza humana (estoy orientado al bien!): quién soy y para qué existo. Tal juicio parte de la fuente de la sindéresis que es el hábito innato de la razón práctica que todos tenemos para conocer los primeros principios del obrar moral. Y el agua de esta fuente se derrama sobre la vida real y concreta, con sus hondos y complejos dilemas morales. ¿Qué debo hacer yo, aquí y ahora, ante todo esto que tengo delante?, sería la pregunta de la conciencia. Es un juicio global, complejo y delicado sobre la verdad moral de un acto, que debe asumir la totalidad de la realidad (persona-acción-momento histórico-circunstancias-… y todo lo implicado en aquella decisión). En el juicio de la conciencia hay un aspecto universal (grandes principios) y otro particular (aplicación concreta). La conciencia, entonces dictamina. Y el proceso de la razón práctica culmina en el imperativo moral: ‘haz esto’ o ‘evita hacerlo’. Aquí aparece el ámbito propio de la libertad. Porque con mi voluntad puedo asumir la acción debida según la conciencia, o negarme a la acción (por miedo, por respetos humanos, por debilidad, por pereza, por desidia, por aturdimiento). Es decir, puedo actuar según mi conciencia (integridad) o actuar en contra de mi conciencia (deslealtad). ¡Qué importante para el hombre es saber hacer el juicio de conciencia y ser leales a su dictamen! De aquí depende que mi vida sea sincera o bien una mentira.
Vuelvo a la educación: qué fundamental es la formación moral de una conciencia no errónea sino verdadera, a través de la reflexión ética y de los modelos; y qué importante es la educación en la sinceridad a través de la formación y de los modelos. Las personas íntegras atraen e iluminan las conciencias. Quiero decir que la cuestión de la conciencia no es un asunto puramente teórico, sino también práctico.
Me dices que te debo algo… Te diría: 1) Un acto malo es libre (la libertad puede escoger un acto malo); 2) Y la libertad es buena (la libertad está llamada a hacer el bien y nunca se malogra del todo en su ímpetu bondadoso). El pecado resulta del ejercicio del libre albedrío, aunque es contrario a la libertad, entendida más radicalmente, como movimiento amoroso hacia el bien. Cuando se peca se es libre en cuanto al libre albedrío, y no se es libre en cuanto el pecado no cumple el ser de la libertad. ¿Pero cómo puedo elegir lo que no me cumple? Esto no deja de ser un misterio del yo humano. Lo plantea Agustín: amor sui usque ad contemptum Dei. Uno prefiere actuar por sí mismo -propio de la libertad- pero al margen de Dios -origen de la libertad-. Es la posibilidad de la culpa, como decía Kierkegaard. Es como dejar al hombre solo en medio de una densa tiniebla. No sé si me explico. Dejo para un poco más adelante lo que también me pides: cómo afecta el error de la conciencia a la libertad. A veces puedo actuar llevado por una conciencia que ha errado en su juicio moral. Emmanuel, descanso y volveré en breve a las andadas.
Ignasi Fuster
Emmanuel, aprovecho un hueco para continuar con la respuesta, porque no olvido y te debo una pregunta: ¿Cómo afecta el error de la conciencia a la libertad? La conciencia es falible: puede equivocarse en su juicio sobre el bien y el mal de las acciones. Es la conciencia errónea… que puede ser muy cierta para mí… y puede ser invenciblemente errónea (sin culpa propia). Es decir: puedo estar convencido de algo, y al mismo tiempo, estar honradamente equivocado. Nuestra razón es débil, está ofuscada, y le cuesta dar con la verdad. ¡Me pensaba que no era malo! Y la libertad sigue el dictamen de la conciencia errónea. Más todavía: debe hacerlo. Entonces, la persona, con su conciencia y libertad, no comete un acto moralmente malo. No hay pecado, clausura en el mal, o introducción de densas tinieblas en el alma. Pero tal acto personal “se queda corto”, “no consigue ser un acto pleno de la libertad”, “no respira con todo el aire del bien”. Es decir, es un acto de la persona, que aunque no sea malo para mí -sí, malo en sí-, está privado de la ordenación al bien verdadero, y por tanto, de su plenitud propia. La persona no actúa mal, abraza honradamente cierto bien (aunque no sea un bien íntegro), pero tampoco se realiza a sí misma como debería mediante la consecución del bien verdadero. Además, tal acción, seguro que provoca cierto mal a otros. Por esto, esta situación está llamada a ser superada para el bien de la persona y de los demás… quizás a través de la formación moral, o del contacto con una tradición moral más noble, o del encuentro con alguien que actúa de otro modo y me interpela. Son caminos de redención de esta situación de la conciencia inculpablemente errónea.
Ignasi Fuster
SINTESIS
1. La conciencia y la libertad interactúan reciprocamente como una unidad, pero sus actos son distintos, “la conciencia juzga y la libertad elige”.
2. La sindéresis, que es un hábito inato de la razón práctica, dispone al conocimiento de los primeros principios del obrar moral, que permiten a la conciencia emitir juicios. La conciencia emite un juicio de valor moral (esto es bueno o malo) conforme a la naturaleza humana orientada a realizar el bien. El juicio tiene primero un aspecto universal, que da en los grandes principios, y estos se aplican a las distintas concreciones, dando lugar a juicios particulares. De estos últimos procede el imperativo moral, según el cual tal acción particular se me presenta como un deber de conciencia.
3. La ejecución del deber de conciencia pertenece al ámbito de la libertad, depende del ejercicio de la voluntad. En el ejercicio de la libertad puede obrarse mal, pues la libertad implica el libre albedrío, aunque esta elección comporta la negación del ser propio de la libertad, que se realiza en el bien. En virtud de la naturaleza de la voluntad, que tiende al bien, la libertad, todo y que permite la elección de un mal, no pierde su bondad intrínseca, ni deja por ello de tender al bien.
4. La libertad debe seguir el dictamen de la conciencia aunque esta sea errónea. El acto consecuente, en si es malo, pero no es culpable. Luego, la libertad se ve privada de su ordenación al bien verdadero, y aunque se puede gozar en la consecución de un cierto bien (dado que la voluntad no puede tender al mal en si mismo), no goza en la plenitud del bien íntegro. “Esta situación está llamada a ser superada para el bien de la persona y de los demás…”
Marcos Emmanuel Pujol
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